
La necesidad de un aumento de la oferta monetaria y de los medios de pago fue evidente en cuanto se produjo un fuerte incremento de la actividad económica y de los intercambios, junto con un gran crecimiento del PIB. Durante la época preindustrial dominaba como medio de pago el trueque, que ocasionaba “cuellos de botella” y estancaba el comercio.
Otros métodos como la moneda acuñada o el papel moneda fueron insuficientes para dar respuesta a las necesidades planteadas.
Así que la gran mayoría de los países abandonaron sus sistemas anteriores y aceptaron uno nuevo: el dinero fiduciario. Se garantizó su libre convertibilidad en oro o plata, aunque el valor de la moneda dependía de la confianza ya que su valor nominal no tenía nada que ver con el valor real. La moneda fiduciaria podía ser en metálico, en papel, en tarjetas de crédito… y los sistemas con este patrón fueron el monometalismo (oro o plata) o el bimetalismo (plata y oro), según las reservas de metales que tuvieran. Estas reservas sobretodo provenían de las minas o del aumento de la balanza de comercio exterior (superávit comercial). Sólo países como Gran Bretaña, Francia, Inglaterra o EEUU podían reunir estas condiciones, estableciendo entre ellos patrones comunes en los medios de pago y estandarizando precios.
Durante el siglo XIX, la mayoría de países utilizaban el patrón bimetálico, pero a partir de 1870 las principales potencias se pasaron a un nuevo sistema internacional de pagos: el patrón oro. El primer país en adoptarlo fue Inglaterra (libra) que había realizado un tratado con Portugal para poseer las mayores minas de oro de Brasil. Muchos países, para poder comercializar con Gran Bretaña, tuvieron que adaptarse al patrón oro también. Con este sistema se adoptó además de la convertibilidad en oro un tipo de cambio fijo, manteniendo la estabilidad de precios y de cambios en los mercados de divisas y fomentando la globalización económica. También se pretendía equilibrar la balanza de pagos y la comercial mediante los tipos de interés; y ajustar la inversión, el empleo y los salarios.
A pesar de todos estas medidas positivas, el patrón oro entró en crisis por la gran dependencia de la balanza de pagos británica y porque la cantidad de dinero emitida dependía únicamente de la cantidad de reservas de cada país. En épocas de guerra o de crisis, todos los países con este sistema se veían afectados por las decisiones británicas y por los tipos de cambio fijos.
Pero al llegar la Primera Guerra Mundial, todos los países con tipos de cambio fijos se vieron afectados, sumiendo el sistema financiero europeo en una profunda crisis hasta medios de siglo.
Personalmente creo que este problema está claramente reflejado en la situación actual que estamos viviendo. El euro, la moneda que se ha implantado en gran parte de Europa, es muy similar al sistema de patrón oro de hará un siglo aproximadamente. Con este sistema monetario, todas las monedas anteriores adoptaron tipos de cambio fijos respecto al euro. Es evidente que en momentos de expansión tiene ventajas indiscutibles como la facilidad de comercio entre la zona euro; pero en situaciones de crisis ya no quedan tan claras sus virtudes. Al tener tipos de cambio fijos, es más difícil resolver estas situaciones, ya que no es posible la emisión de más dinero en circulación y hay que adoptar otras medidas como el aumento de competitividad o la modificación de los tipos de interés. En cambio, en países como EEUU, puede emitir tantos dólares como desee, a pesar de que eso pueda provocar déficit.
Así, es evidente que establecer un sistema u otro tiene ventajas y a la vez inconvenientes que el país ha de evaluar antes de decidir; pero lo que sí es cierto, es que nunca se debe establecer un sistema que se fije a partir de la situación de un único país como líder (como es el caso de Gran Bretaña con el patrón oro). Se han de tomar las decisiones viendo como afectarán al resto de países, ya que por eso se ha producido un consenso en la unidad de la moneda.
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